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El recuerdo del tsunami más devastador de la historia y el barco pesquero que salvó a 59 personas al encallar en el techo de una casa
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La mañana del 26 de diciembre de 2004, un terremoto de 9,1 grados con epicentro en el océano Índico provocó el tsunami más devastador y mortífero de la historia, con olas de hasta 30 metros que viajaron a velocidades de entre 500 y 800 kilómetros por hora y golpearon contra las costas de catorce países. La increíble historia de un pesquero que se incrustó en el techo de una casa y fue refugio para sobrevivientes
Desde hace veinte años, el pequeño pueblo de Lampulo, en Indonesia, tiene una atracción que, además, cuenta la historia de un milagro. Al llegar allí, los turistas que hacen lo que hoy se conoce como “la ruta del tsunami” se topan con una escena extraña: la de un barco pesquero incrustado sobre el techo de una casa. Hay carteles que anuncian “Kapal di atas rumah”, que significa “el barco encima de la casa”, y una placa que relata cómo esa embarcación que una ola gigante hizo aterrizar allí se convirtió en una suerte de arca de Noé en la que salvaron sus vidas 59 personas durante el tsunami más devastador y mortífero de la historia.
Uno de esos sobrevivientes es Fauziah Basyariah, que suele relatar su experiencia a quienes visitan su comercio de venta de pescado. “Si no hubiera sido por ese barco, todos nos habríamos ahogado porque ninguno de nosotros sabía nadar”, cuenta siempre, señalando al barco incrustado en el techo. Estaba sola con sus cinco hijos cuando, después del terremoto, en el pueblo la gente empezó a gritar que venía una ola gigante. Su reacción fue buscar refugio en una casa de dos pisos, la más alta que tenía cerca. Apenas habían llegado a la segunda planta cuando vio venir la primera ola. “Pasó menos de un minuto antes de que nos alcanzara el agua. La primera ola era muy negra, no sabíamos si era petróleo o agua”, recuerda. La segunda ola, mucho más alta, inundó el lugar donde estaban y la mujer y sus cinco hijos quedaron flotando con el agua hasta el cuello y las cabezas casi rozando el techo. Fauziah vio entonces como un barco venía flotando a la deriva y quedaba atorado sobre la casa. El hijo mayor de Fauziah, un chico de 14 años, pudo hacer un agujero en el techo por el cual salieron y se treparon al pesquero salvador. Otras personas llegaron nadando hasta el barco hasta sumar 59, todas salvadas por ese pequeño milagro.
La historia del barco encima de la casa es una entre los centenares o miles que cuentan los sobrevivientes del tsunami del 26 de diciembre de 2004, que afectó a catorce países, dejó un saldo de cerca de 228.000 muertos o desaparecidos, obligó al desplazamiento de casi dos millones de personas y produjo desastres medioambientales, como el envenenamiento de acuíferos de agua dulce y de miles de hectáreas de tierras fértiles por la infiltración del agua de mar. No hay registro en la historia de la humanidad de otro de esa magnitud, ni por su potencia ni por sus efectos destructivos.

Cronología de un desastre
La furia de la naturaleza -como suele decirse- se desató exactamente a las 7:58 de la mañana (hora de Indonesia) en las entrañas de la Tierra, cuando un poderoso terremoto de magnitud 9,1 sacudió el lecho marino a una profundidad de 30 kilómetros y con epicentro unos 120 kilómetros al oeste de la isla de Sumatra. Fue un sacudón fenomenal, el tercero en potencia de todos los registrados, solo por detrás de los sismos de Valdivia, en Chile, de 1960, de magnitud 9,5, y el terremoto del Viernes Santo ocurrido en Alaska en 1964, que alcanzó una magnitud de 9,2. En apenas unos segundos liberó una energía equivalente a la de 23.000 bombas atómicas como la que destruyó Nagasaki en agosto de 1945. A este primer terremoto le siguieron durante varias horas y días numerosas réplicas, algunas de una magnitud de hasta 6,1.
También en términos de extensión geográfica y geológica el terremoto fue monstruoso. Se estima que 1.600 kilómetros de superficie de falla en el lecho del océano Índico se deslizaron en dos fases unos quince metros a lo largo de la zona de subducción entre las placas de tectónicas de la India y de Birmania.
A su vez, el sismo inicial provocó un tsunami con olas que en aguas abiertas se movieron a velocidades que iban de los 500 a los 800 kilómetros por hora y que llegaron a las costas de catorce países, en algunos de los cuales avanzaron sobre la tierra con una altura de 24 a 30 metros.
Veinte minutos después del terremoto, el tsunami pegó con olas de 30 metros la costa de Banda Aceh, en Indonesia, donde en pocos minutos acabaron con las vidas de unas 170.000 personas y destruyeron todo a su paso. Poco antes de las 9:30 las olas mortales golpearon las playas del sur de Tailandia, donde murieron 5.400 personas; también arrasaron el extremo sur de Myanmar, donde murieron otras 61.
La fuerza letal del agua siguió su camino hasta Sri Lanka, donde las olas invadieron las costas del noreste y de todo el extremo sur del país. Allí los muertos fueron unos 30.000. Casi al mismo tiempo, devastaron la costa este de la India, donde murieron más de 16.000 personas.
A la una de la tarde, el oleaje de tsunami llegó al archipiélago de las Maldivas, donde inundó dos tercios de la capital y la mayoría de sus 1.192 islotes. A media tarde, el agua golpeó la costa este de África, donde hubo más de 300 muertos en Somalia, Tanzania y Kenia. Las últimas fuerzas del tsunami se registraron en Isla Mauricio, Sudáfrica y hasta en la Antártida, aunque sin causar víctimas.

Daños ambientales y económicos
La pérdida de vidas, aunque la más impactante, fue solo una parte de la catástrofe provocada por el terremoto y el tsunami. Veinte años después, muchas de las regiones afectadas no han podido recuperarse de los daños medioambientales producidos por la invasión de las aguas marinas sobre las costas. Entre los más graves se destaca el envenenamiento de no pocos acuíferos de agua dulce que fueron infiltrados por el agua salada. También se perdieron miles de hectáreas de tierras de cultivo, debido a que la inundación depositó una capa de sal sobre ellas y las dejó inviables para la siembra.
Otra consecuencia grave fue la diseminación de desechos sólidos y líquidos, y de productos químicos de uso industrial, que contaminaron las tierras, y la destrucción en las ciudades afectadas del sistema de alcantarillado y de tratamiento de aguas residuales, con sus consiguientes efectos para la salud de las personas, animales, vegetales e, incluso, microorganismos.
Según un informe del Banco Mundial, el costo de los daños materiales alcanzó los 14.000 millones de dólares. En ese aspecto, los países más golpeados fueron Indonesia, con pérdidas de 4.500 millones, y Tailandia, con unos 2.000 millones de dólares. La comunidad internacional aportó un total de 13.500 millones de la moneda estadounidense para atender a las comunidades dañadas por el tsunami.
También se sumaron donantes individuales como el campeón de Fórmula 1, Michael Schumacher, que aportó 7.500.000 dólares, o el magnate Bill Gates que destinó tres millones para asistir a las víctimas de la tragedia.

Faltaron sistemas de alerta
El costo en vidas humanas provocado por el tsunami se vio potenciado por la falta de vigilancia de este tipo de fenómenos en el océano Índico. En el Pacífico, por ejemplo, existen sistemas de gestión internacional que miden los niveles de agua y hacen sonar la alarma cuando se detectan anomalías, lo que da tiempo a las autoridades para evacuar las zonas costeras ante la proximidad de un tsunami. Ante ese tipo de alertas, por ejemplo, en Japón los estudiantes se someten regularmente a simulacros de evacuación por tsunamis y los edificios se construyen para resistir los terremotos que los preceden. Eso ha salvado millares de vidas en las últimas décadas.
En cambio, en el Índico no existía en 2004 -ni se ha creado aún- un sistema similar para proteger las vidas de los 1.500 millones de personas que habitan las ciudades y pueblos costeros. Eso se debe a que, a diferencia de lo que ocurre en el Pacífico, los tsunamis no son un fenómeno habitual en el Índico. Entre 1852 y 2002, sólo siete de los cincuenta tsunamis registrados en el área provocaron la pérdida de vidas y el total de víctimas durante este período de 150 años no alcanza a las 50.000, es decir, menos de la cuarta parte de las que se cobraron las olas gigantes del 26 de diciembre de 2004.
La magnitud de ese último gran tsunami en el Índico puso en evidencia la necesidad de proteger también todos los mares del planeta. “El desastroso tsunami puso de relieve la realidad de que las catástrofes por estos eventos también ocurren fuera del Pacífico y creó conciencia y motivación a nivel mundial para establecer sistemas de alerta y mitigación en todo el mundo, con el fin de garantizar que una tragedia como esta no vuelva a repetirse”, señala un informe de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos.
En la medida que se logren avances en ese sentido, la suerte de los habitantes de las costas del Océano Índico no dependerá solamente de la casualidad o de un barco milagroso que termina incrustado en el techo de una casa como el arca de Noé encalló en la cima del Monte Ararat.
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En una de las operaciones conjuntas más ambiciosas entre México y EstadosUnidos, 55 líderes de cárteles mexicanos fueron entregados este año a la justicia estadounidense en dos misiones bajo estrictas medidas de seguridad. La acción, resultado de una presión diplomática ejercida principalmente por la administración de Donald Trump, representa un golpe a las estructuras criminales y un giro en la cooperación bilateral frente al tráfico de drogas.

De acuerdo con información publicada por The Wall Street Journal (WSJ), los reos trasladados representan las cúpulas de organizaciones como Sinaloa, Jalisco Nueva Generación y Zetas. Entre los extraditados figuran nombres emblemáticos como Rafael Caro Quintero, acusado del asesinato del agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena en 1985 y prófugo de la justicia estadounidense por décadas.
Durante sus estancias en prisiones de México, estos reclusos contaban con redes de corrupción que les permitían acceso a armas, drogas, mujeres y dispositivostelefónicos. Según funcionarios estadounidenses y mexicanos, desde sus celdas coordinaban el envío de toneladas de heroína, fentanilo, cocaína y metanfetamina hacia Estados Unidos, además de ordenar homicidios y secuestros.
El proceso de extradición se mantuvo en completo sigilo ante el temor de fugas, motines y posibles atentados contra los propios capos, quienes representaban riesgos de filtración de información sensible. “Nunca en la historia de nuestra agencia hemos visto la remoción de este nivel de criminales desde México”, señaló Derek Maltz, exjefe interino de la Administración de Control de Drogas (DEA).
La transferencia de los líderes criminales requirió la movilización de 2.000 efectivos de fuerzas especiales mexicanas. “Fue una misión que no podía fallar. Cualquier filtración habría encendido alarmas y disparado la violencia”, aseguró un alto funcionario mexicano al WSJ.
El nivel de secreto fue tal que los propios detenidos desconocían su destino hasta pisar territorio estadounidense. “Welcome to America!”, exclamó Maltz al recibir al primer grupo de extraditados. Los raslados se ejecutaron en dos bloques: la primera hace nueve meses y la segunda en agosto. Los prisioneros desembarcaron en ciudades como Chicago, Phoenix, San Antonio, Nueva York y Washington D.C..
Entre los extraditados sobresalen los hermanos Miguel Ángel y Omar Treviño, antiguos jefes de Los Zetas, organización responsable de una oleada de violencia. Conforme a fuentes oficiales mexicanas, los Treviño controlaban desde prisión una red de más de 600 internos y han sido vinculados al asesinato de 18 custodios penitenciarios.
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El dictador chavista ha cambiado su rutina, teléfonos y lugares de descanso, y ha delegado responsabilidades clave de su protección en agentes de inteligencia de La Habana
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El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ha reforzado de manera significativa su seguridad personal, incluyendo el cambio de lugar donde duerme, y ha recurrido a Cuba, su principal aliado, ante la creciente amenaza de una intervención militar estadounidense en el país.

Así lo confirman varias personas cercanas al gobierno venezolano. Describen un clima de tensión y preocupación dentro del entorno íntimo del mandatario, aunque aseguran que Maduro considera que mantiene el control y que podrá superar este desafío, el más grave en sus 12 años de gobierno.
Para protegerse de un posible ataque de precisión o de una incursión de fuerzas especiales, Maduro ha cambiado repetidamente de lugar para dormir y de teléfono celular, según dichas fuentes. Estas precauciones se intensificaron desde septiembre, cuando Estados Unidos empezó a acumular buques de guerra y a atacar embarcaciones que la administración de Trump afirma que traficaban drogas desde Venezuela.
Para reducir el riesgo de ser traicionado, Maduro también ha ampliado el papel de los guardaespaldas cubanos en su equipo de seguridad personal y ha incorporado más oficiales de contrainteligencia cubanos al ejército venezolano, indicó una de las fuentes.
Sin embargo, en público, Maduro ha intentado minimizar las amenazas de Washington, mostrándose relajado y despreocupado, haciéndose presente en actos públicos sin previo aviso, bailando y publicando videos propagandísticos en TikTok.
Las siete personas cercanas al gobierno entrevistadas para este artículo pidieron el anonimato por temor a represalias o porque no estaban autorizadas a hablar con la prensa. El Ministerio de Comunicación de Venezuela, responsable de las consultas de medios, no respondió a la solicitud de comentarios sobre el artículo.
La administración Trump ha acusado a Maduro de liderar un “cártel narcoterrorista” que inunda a Estados Unidos de drogas, una narrativa que, según muchos funcionarios actuales y anteriores en Washington, busca en última instancia un cambio de régimen. Sin embargo, Trump ha combinado esas amenazas con menciones a una posible solución diplomática. Él y Maduro conversaron por teléfono el mes pasado para discutir una posible reunión.
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