Este plantel no ha desvanecido ni su motivación ni su competitividad; por el contrario está consolidando una actitud más cercana al dogma que a la mística: primero se cree, luego se gana
Después de la gloria puede ocurrir el desenfreno de una celebración prolongada. Es admisible. Ganar un campeonato del mundo es lograr la épica futbolera en su máxima expresión. Por lo general una vez que se logra esta hazaña, los equipos campeones se aflojan, se “distienden” y comienzan un suave declive que salvo dos excepciones – Italia en el ‘34 y en el ‘38 y Brasil en el ‘58 y en el ‘62- lograron superar.
Por cierto que los factores que lo explican siempre fueron subjetivos, múltiples y diversos. Puras hipótesis y ociosos debates. Las distintas épocas, sus culturas, formatos de disputa, avances tecnológicos, poderíos económicos, condiciones geopolíticas, ampliación del universo consumidor y las diferentes modificaciones reglamentarias tornan imposibles las comparaciones objetivas del fútbol. Pero hay un denominador común: la erosión natural que produce el tiempo. Y es allí donde podrían hallarse las razones multicausales que dificultan a una selección volver a ganar la Copa del Mundo: el nivel convivencial del grupo, las diferentes edades, las expectativas profesionales de sus actores, el cambio de club y hasta de país de sus prestaciones, el “haber cumplido” con los hinchas y quedar a salvo de cualquier crítica al inscribir su nombre en la historia. Lo cierto es que salvo las lejanas excepciones de Italia y de Brasil, las selecciones campeonas decrecen sus coeficientes desde un Mundial al siguiente y difícilmente repitan la gloria.
Puesto que no es este análisis en particular la razón de mi columna no ingresaré al implacable detalle histórico. Por cierto que los campeones podrán repetir y volver a serlo pero si la dinámica estadística se reiterase, la mayoría de ellos deberán esperar mucho tiempo. Simples recordatorios: Brasil 24 años desde el 70 hasta el 94; Italia 24 años desde el 82 hasta el 2006; Alemania 24 años desde el 90 hasta el 2014 y nosotros 8 años del 78 al 86 nunca más cerca- y 36 años desde el 86 hasta el 2022.
Hemos mencionado unos pocos y simples ejemplos de las verdaderas potencias del fútbol que son los 8 campeones mundiales a lo largo de 92 años de historia. Es en tal contexto que la selección argentina comienza a señalar una distinción respecto de su pasado pues no compite dramáticamente por ir al Mundial del 26: se siente allí desde ya. La verdadera competencia de los jugadores de la selección argentina es por ser titular de ese plantel. Todos quieren jugar, nadie quiere ser reemplazado ni mucho menos no figurar en su nómina de convocados.
El seleccionado argentino ya no es messidependiente, pero la entrada de Leo mejora a todos. Frente a Paraguay, entró en el segundo tiempo (Reuters)
En los tres encuentros que llevamos disputados por las Eliminatorias, la Selección ha crecido en competitividad. A diferencia de lo que nos ocurrió tras las conquistas del 78 y del 86, este plantel no ha desvanecido ni su motivación ni su competitividad; por el contrario está consolidando una actitud más cercana al dogma que a la mística: primero se cree, luego se gana…
Y está claro que Messi -a diferencia de Kempes y de Diego- está involucrado en el liderazgo de Scaloni y su cuerpo técnico quienes robustecen día a día un trabajo impecable. Tanto es así que siguen buscando alternativas tácticas como la nueva posición de Mac Allister -volante central- o ensayar el mejor usufructo del balón detenido tal lo visto en el gol de Otamendi luego del tiro de esquina ejecutado por De Paul.
Por cierto que para Diego –especialmente- no fue fácil pasar de Menotti a Bilardo; en cambio para Messi nada resulta más estimulante que jugar con estos compañeros y bajo esta conducción. Hecho altamente generoso pues su altruismo le permitirá retirarse sutilmente y de a poco sin que sus compañeros padezcan el duelo de su ausencia. Luego, cada vez que decida ingresar, el equipo se sentirá mejor, más respaldado pues habrá tiros libres en los palos – o adentro como lo merecía – y corners con la magia de aguardar un gol olímpico, cosa que también debió ocurrir y lamentablemente no ocurrió por culpa del travesaño…
No resultaría arriesgado afirmar que esta selección produce tanto respeto y admiración en los rivales que hasta que lleguen los clásicos contra Uruguay y Brasil –el mes que viene- los encuentros se han transformado en una especie de amistosos formales. Probablemente poder tener siete equipos de los 10 de la región con posibilidades de ir al Mundial del 26′ haya disminuido el carácter dramático que siempre habían caracterizado a las Eliminatorias. La mayor cantidad de participantes es matemáticamente proporcional a las posibilidades de participar. De los 16 iniciales de los 50′ –solo 2 sudamericanos: Brasil y nosotros- a los 48 del 26 atravesamos la progresión de oportunidades sin olvidar que en el 70 quedamos eliminados frente a Perú –Bolivia, el otro rival- y que llegamos al 94 en repechaje contra Australia recurriendo a Diego por clamor popular tras los 5 goles que nos hizo Colombia. Aquellas selecciones heroicas de los Passarella de l985 o de los Palermo del 2009, las de “sangre, sudor y lágrimas”, no existirán más pues en el continente ha cambiado el mapa –como en el resto del Mundo- y las selecciones más poderosas serán las de mayor viabilidad. Esto explica que habrá tres segmentos: Argentina, Brasil, Uruguay; luego una zona de chances parejas con Chile, Colombia y Ecuador y una tercera más comprometida que es la que integran Perú, Paraguay, Venezuela y Bolivia. Y esos rivales que antes veían a Argentina como “el rival a vencer” ahora daría la impresión que le juegan con la admiración y el respeto que generan y especialmente estar con Messi en el mismo campo de juego. (Y de paso pedirle la camiseta y la foto…).
Las selecciones campeonas del 78 y del 86 se fueron diluyendo. Llegar a un club grande de Europa y tener un buen contrato era un objetivo comprensible de aquellos jugadores. Y solo algunos de ellos lo lograron… Resultó difícil sostener la armonía y mística de aquellos grupos por los cambios de conducción en la propia AFA (de Cantilo a Grondona) y también de técnicos (de Menotti a Bilardo). En diferente y saludable sentido los integrantes de este plantel pasan sus momentos de apogeo en los principales clubes de las mejores ligas del Mundo cursando las condiciones ideales de edades y momentos deportivos.
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La segunda jornada de la fase de grupos dejó emociones, sorpresas y resultados que comienzan a definir el rumbo de varias selecciones en la Copa Mundial.
España disipó las dudas generadas tras su empate sin goles ante Cabo Verde y respondió con una contundente victoria sobre Arabia Saudita. El joven Lamine Yamal abrió el marcador y anotó su primer gol en el torneo, mientras que Mikel Oyarzabal firmó un doblete que confirmó la recuperación del conjunto español y lo mantiene entre los candidatos a avanzar con fuerza a la siguiente ronda.
En otro encuentro destacado, Bélgica e Irán empataron 0-0 en un partido donde el arquero Alireza Beiranvand fue figura al sostener el resultado con intervenciones decisivas. El empate obliga a ambos equipos a buscar la clasificación en la última fecha de la fase de grupos.
Por su parte, Cabo Verde volvió a sorprender al mundo al rescatar un empate 2-2 frente a Uruguay. El conjunto africano aprovechó errores defensivos de los sudamericanos y continúa soñando con una histórica clasificación a la siguiente fase.
La jornada también dejó un momento memorable para Egipto. Los Faraones remontaron ante Nueva Zelanda para imponerse 3-1 y conseguir la primera victoria de su historia en una Copa del Mundo. Mohamed Salah fue la gran figura con un gol y una asistencia, liderando un triunfo que alimenta las aspiraciones egipcias en el torneo.
Con la fase de grupos entrando en su tramo decisivo, cada punto cobra mayor valor y las próximas jornadas prometen definir quiénes seguirán en carrera por el título mundial.
La jornada de hoy en la Copa Mundial 2026 estuvo marcada por la igualdad. Cuatro partidos, cuatro empates y una sensación común: ninguna selección logró imponer condiciones de manera definitiva en encuentros donde la intensidad superó a la contundencia.
España y Cabo Verde firmaron un empate sin goles (0-0) en un partido donde la posesión y el control territorial favorecieron a los españoles, pero sin la eficacia necesaria para romper el orden defensivo de un Cabo Verde disciplinado y competitivo. El resultado deja abierta la discusión sobre la capacidad de España para transformar dominio en resultados.
Por su parte, Bélgica y Egipto igualaron 1-1 en un duelo equilibrado. Los europeos mostraron momentos de calidad individual, mientras que Egipto respondió con carácter y organización táctica. El empate refleja la creciente competitividad de selecciones que históricamente llegaban como protagonistas secundarios.
Uno de los encuentros más atractivos fue el empate entre Arabia Saudita y Uruguay (1-1). La selección sudamericana encontró dificultades para controlar el ritmo del partido ante un rival que volvió a demostrar que ya no es una sorpresa en el escenario internacional. Federico Valverde fue nuevamente una de las figuras uruguayas, aportando despliegue, liderazgo y presencia en ambos sectores del campo, aunque no fue suficiente para asegurar la victoria.
Finalmente, Irán y Nueva Zelanda protagonizaron un vibrante empate 2-2. El encuentro ofreció el mayor volumen ofensivo de la jornada y confirmó que la diferencia entre selecciones continúa reduciéndose en el fútbol moderno. La capacidad de reacción de ambos equipos terminó siendo determinante para repartir puntos.
Más allá de los marcadores, la jornada dejó una conclusión clara: el Mundial 2026 sigue demostrando que la brecha competitiva entre selecciones es cada vez menor. Los favoritos continúan encontrando resistencia y cada punto comienza a tener un valor estratégico enorme en la lucha por la clasificación.
La igualdad dominó el día. El desafío ahora será quién logra convertir esos empates en impulso para avanzar en el torneo.