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Crisis en Hong Kong evoca fantasma de la masacre en la Plaza Tiananmén

Desde que se iniciaron las protestas prodemocráticas en Hong Kong, hace dos meses, no ha pasado un día en que el mundo no traiga a la memoria aquellas imágenes de 1989 en que miles de estudiantes que protestaban contra el Partido Comunista fueron asesinados por militares del gobierno chino en la plaza de Tiananmén de Pekín.

Los paralelos entre las dos protestas se han incrementado a medida que la represión de la policía local contra los manifestantes se hace más violenta y China aumenta la presencia de sus tropas en la ciudad fronteriza de Shenzhen, en un intento por intimidar a los manifestantes y recuperar el control de esta región administrativa que goza de amplia autonomía.

Imágenes satelitales difundidas por agencias de prensa extranjeras revelaron la presencia de decenas de vehículos blindados y de prácticas de ejercicios antidisturbios, que responderían al llamado a nuevas protestas por undécimo fin de semana consecutivo.

“El que juega con fuego muere quemado”, dijo hace poco un portavoz del gobierno chino a los protestantes, a quienes calificó de “terroristas”, y les advirtió que no se “quedarán de brazos cruzados”.

Pekín tiene claro que si usara la fuerza de forma extrema para controlar Hong Kong, podría generar consecuencias catastróficas para su reputación

Desde entonces, los países del mundo observan con alarma la situación y se preguntan si China está dispuesto a arriesgarse a otro derrame de sangre, que en ese entonces convirtió al gigante asiático en un paria internacional, lo que estancó su economía por varios años.

Este viernes, en una alusión poco habitual a Tiananmén –tema que siempre ha sido censurado por el gobierno–, el diario nacionalista chino ‘Global Times’ aseguró que “el incidente en Hong Kong no será una repetición del incidente político del 4 de junio de 1989”.

Varios analistas coinciden con la declaración del diario, y afirman que China “aprendió la lección” en 1989, y, de repetirla, las consecuencias serían mucho más devastadoras, pues de la estabilidad de este centro financiero internacional depende el bienestar de la economía china.

“Pekín tiene claro que si usara la fuerza de forma extrema para controlar Hong Kong, podría generar consecuencias catastróficas para su reputación, su economía y su política (…) Ha sido inteligente y se ha cuidado de no ceder demasiado ni de violar explícitamente los derechos humanos, o de hacer algo que justifique una intervención extranjera”, afirma a EL TIEMPO la profesora Lina Luna, investigadora de la Universidad del Externado y experta en temas asiáticos.

Hay mucho miedo entre los ciudadanos, pues somos conscientes del poder que tiene China frente a nosotros, que protestamos de manera pacífica y sin armas.

Wu’er Kaixi, uno de los líderes de las protestas de Tiananmén, considera que los mandatarios chinos tienen demasiados intereses en juego como para considerar una intervención armada. “Creo que aprendieron la lección de que el precio a pagar por usar el ejército es muy alto”, dijo a la agencia AFP.

Por ley, el Ejército Popular de Liberación (EPL) no puede interferir en Hong Kong, a menos que el gobierno de la isla autorice un despliegue para mantener el orden público. Hasta ahora ha sido la policía local la que ha mantenido a raya a los manifestantes, subiendo el tono de la represión con el uso de gases lacrimógenos y balas de goma.

La violencia ha subido a tal punto que cientos de personas han sido arrestadas y una mujer perdió un ojo en los enfrentamientos, lo que generó que cientos de personas usaran un parche como gesto de solidaridad.

Una de las manifestantes, quien pidió identificarse como ‘K’, aseguró a EL TIEMPO que China usa otros métodos para infiltrar a sus soldados entre los policías, y así intervenir las protestas de manera informal, incluso empleando el reconocimiento facial para interrogar y juzgar penalmente a las personas que sean vistas en las protestas.

“Hay mucho miedo entre los ciudadanos, pues somos conscientes del poder que tiene China frente a nosotros, que protestamos de manera pacífica y sin armas. (…) Los abusos de la policía son absolutamente innecesarios, y eso hace que nos indignemos más (…) Vemos mucha injusticia del gobierno chino. Y no vemos ningún tipo de apoyo externo”, asegura.

En este juego de poderes, es claro que China lleva las de ganar, dice la profesora Luna, pues, aunque el movimiento de protesta ha llegado muy lejos, “después de la toma del aeropuerto el pasado fin de semana ya no hay mucho que puedan hacer. Pekín no va a ceder el poder bajo ninguna circunstancia”.

“China tiene el control sobre Hong Kong en temas tan complejos como el suministro de agua potable a la ciudad. Hong Kong es totalmente codependiente de China, necesita de ella para prosperar, por eso tiene más por perder si las protestas salen mal”, añade Luna.

Entonces, aun frente a este panorama, ¿qué ha mantenido por dos meses a los protestantes organizándose en las calles? “Los hongkoneses valoramos nuestra libertad y el sistema en el que vivimos. No queremos que la política de ‘un país, dos sistemas’ se acabe, solo pedimos que China la respete, y en este momento no lo está haciendo”, asegura ‘K’ desde Hong Kong.

Desde que fue devuelta a Pekín en 1997, esta excolonia británica se rige bajo su propia Constitución, y disfrutará hasta el 2047 de libertades políticas y económicas ausentes en el continente, algunas tan valiosas para una democracia como la libertad de expresión, que cobija a la prensa, uno de los contrapoderes del gobierno chino en el exterior.

Las protestas, que se iniciaron a principios de junio en contra de un proyecto de ley que habría permitido las extradiciones a China (hoy suspendido), se transformaron en una protesta más amplia en defensa de las libertades democráticas y contra la influencia de Pekín.

Puntualmente, los manifestantes piden votación universal para elegir a su propio gobierno, algo que ya habían intentado en el 2014, en la conocida “revolución de los paraguas”, que fracasó en la etapa de negociaciones y cuyos líderes fueron condenados por incitación, conspiración y alteración del orden público.

Pekín está jugando al desgaste, espera que el movimiento se debilite por sí solo como en el 2014, pues no le conviene la intervención armada

En esta ocasión, China tampoco ha dado una respuesta satisfactoria a las exigencias, lo que motiva a que sigan las protestas.

“Pekín está jugando al desgaste, espera que el movimiento se debilite por sí solo como en el 2014, pues no le conviene la intervención armada (…) Podría producirse un cambio de gobierno con la salida de Carrie Lam, pero volverían a elegir un gobernante cercano a la capital. Hong Kong no tiene más poder para presionar por una independencia o un sistema más democrático”.

Por su parte, ‘K’ asegura que más caos vendrá en los días próximos. “En la medida en que más compañías se vean afectadas, prevemos más enfrentamientos por parte de la policía, que llamarían a una respuesta más fuerte de China. No creo que nos den la salida pacífica que deseamos”, concluye.

Reconocimiento facial, otra arma del gobierno
La privacidad se ha convertido en una verdadera preocupación para los manifestantes en Hong Kong, a quienes es común ver usando máscaras, tapabocas y láseres para evitar el reconocimiento facial de las cámaras de seguridad instaladas por el gobierno.

Según denunció una de las manifestantes a EL TIEMPO, con el uso de esta tecnología, la administración ha compartido públicamente las identidades de varios protestantes marcándolos con una ‘bandera roja’, lo que ha forzado despidos en sus lugares de trabajo.

Asimismo, varias personas han sido interrogadas por la policía y retenidas por varios días bajo cargos de conspiración e incitación al caos público. Para lograr su libertad, dice, los capturados deben firmar un documento en el cual declaran su lealtad incondicional al Partido Comunista chino y su apoyo a la política de ‘un país, dos sistemas’ que rige en Hong Kong.